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Los siete pecados capitales de la respuesta al COVID-19

La respuesta a la pandemia en América Latina, como en gran parte del mundo está marcada por más desaciertos que aciertos. Hay cuestiones nuevas y dinámicas como le gusta decir a los burócratas, muchas veces para esconder los groseros errores que han costado muchas vidas.

A más de un año de una poco planificada respuesta a la pandemia de COVID-19, queremos compartir con ustedes un análisis de lo que consideramos algunos de los principales errores en la mayoría de nuestros países que demuestran lo poco que hemos aprendido de otras pandemias y epidemia.

1. Sólo sé que no se nada

Hace poco, cumplimos un año de pandemia del COVID-19 y hoy podemos decir que la gran mayoría del tiempo los tomadores de decisión operaron sin las evidencias necesarias. El argumento ha sido siempre “esto es nuevo”, “nos supera” y el latiguillo repetido hasta el cansancio ha sido “la Pandemia y su evolución es muy dinámica”. Entonces muchas decisiones sobre restricciones de movilidad, la prevención comunitaria, la terapéutica de personas con severas complicaciones del COVID fueron realizadas sin evidencias y en muchos casos atravesadas por la politización de una enfermedad. La opinión pública y los tomadores de decisión gubernamentales se dejaron llevar en muchos países por el asesoramiento de médicos que mucho sabrían de alguna especialidad y poco o nada sobre COVID-19. Y en muchos países aparecieron también, impulsadas por líderes de opinión como Jefes de Estado las soluciones y curas mágicas.

2. El COVID19 ha sido el único tema de salud

Cerrar la mayoría de los servicios que responden a otros temas de salud probablemente cueste en los próximos cinco años tantas vidas como aquellos que fallecieron por complicaciones del coronavirus. En el sector público y privado por meses fue imposible ver un médico, mucho menos recurrir a consultas y diagnósticos precoces de otros temas de salud, por mencionar uno, el control y diagnóstico precoz de los cánceres más comunes. En muchos países de la región hubo faltantes de medicación del VIH, diagnóstico y pruebas de seguimiento, y en particular insumos de prevención. Esto no sólo resultará en un aumento de la morbilidad y mortalidad en personas con virus, sino en incrementar significativamente el número de nuevas infecciones.

El Estado se paralizó, pero lo más grave fue la parálisis en el sector salud. Los profesionales de la salud y los funcionarios han sido o debieran haber sido formados en organizar la respuesta como triaje. Priorizar lo urgente de lo importante sin abandonar a éste último.

Llevamos un año y seguiremos padeciendo la existencia de Ministerios del COVID19, y todas las demás enfermedades y programas de prevención de la salud continúan abandonados.

3. Infodemia y la comunicación peligrosa

La comunicación sanitaria, para la emergencia y para reforzar los comportamientos más seguros es quizás el aspecto de la respuesta más ausente. Los funcionarios de salud creen y creyeron que comunicación es pararse frente a un micrófono y leer el número de nuevas infecciones y decesos diarios o semanales.

Los jefes de Estado y gobernantes sub-nacionales no han hecho otra cosa que responsabilizar a la población por el avance de la pandemia, sin el mayor atisbo de autocrítica. La carencia de comunicación, basada en la ciencia y evidencia, para sostener en el largo plazos las restricciones de movilidad, el distanciamiento social y los métodos de higiene preventiva fue total. Es más fácil pensar que la pandemia crece en decenas de miles en nuestros países como resultado de algunas fiestas y recitales clandestinos, que por la mala gestión oficial de la pandemia.

La comunicación, cuyo objetivo era reforzar un comportamiento preventivo, se basó en el miedo, la autoridad, el castigo y la subestimación de las audiencias. Y las personas pobremente informadas y después de más de un año reprimidas, se revelan a la autoridad.

Poco se hizo en los medios de comunicación por controlar los efectos de la infodemia, sobretodo en redes sociales. Por el contrario, muchos medios de comunicación hicieron eco de la desinformación, los mitos y el negacionismo en forma muy irresponsable. La pobre comunicación con un efecto paradójico es también una responsabilidad de la respuesta gubernamental a la epidemia, pero es una de las intervenciones menos prioritarias.

4. La politización de la pandemia

Era imposible evitar que la pandemia se politizara y que en la mayoría de los países de la región, fuertemente polarizados, esta crisis sanitaria fuera utilizada para profundizar las brechas. Es altamente irresponsable de los políticos, funcionarios, militantes y comunicadores usar esta pandemia para hacer política, pero una vez más la autoridad del ejecutivo y la sanitaria son responsables de despolitizar al COVID.

Quizás los últimos meses de la administración Trump, las elecciones y su transición fuera de la clase media pueda ser el mejor caso de estudio sobre como un gobierno negacionista puede usar la gestión de la Pandemia a su conveniencia. Desde entonces una decena de países están atravesando o tendrán elecciones presidenciales o de medio término. Creo que la pobre gestión de la salud del pueblo en tiempo debiera dejar fuera de la política a oficialistas y opositores. Somos testigos una vez mas de la mezquindad de la política partidaria y su profunda desconexión de la gente, su electorado. Incluso la desconexión de la clase política de la realidad.

5. El negacionismo del COVID y las vacunas

La pandemia ha sido el perfecto caldo de cultivo para el surgimiento de las ideas más irreales de los amantes de las conspiraciones y las realidades paralelas. Se ha cuestionado el origen del coronavirus -como si a estas alturas fuera relevante-, su gravedad y letalidad, los métodos de diagnóstico y tratamiento. La oferta de fórmulas alternativas de prevención y sanación son parte de los pilares de negacionismo.

Dicho discurso sería un tragicómico sino estuviéramos en la etapa de asegurar el acceso urgente de las personas a las vacunas de COVID. Una parte del acceso tiene que ver con la aceptabilidad, y lo más perverso del movimiento anti-vacunas es aprovechar la pandemia para desempolvar sus viejos argumentos contra la inmunización y sumarse a la infodemia atronadora. Y así, doctores en países de Europa, de nombres e instituciones desconocidas ponen en duda, con el apoyo de comunicadores irresponsables, la respuesta a una pandemia. Lo grave es que ocupan los espacios vacíos por la información oficial o académica basada en la ciencia y las evidencias.

Muchos profesionales de la salud prefieren no participar en seudodebates con estos personajes, dejando el espacio libre para los detractores. En algún momento debiéramos discutir la responsabilidad legal de los medios y los voceros negacionistas, así como su responsabilidad penal, pues los podríamos equiparar con los extremos de personas que hicieran campaña para no usar cinturones de seguridad, velocidades tope en los automóviles o poner en duda la existencia de los semáforos. Por último, y ganando eco en el agotamiento de la población a más de un año de pandemia, hay negacionistas más folclóricos cuyo blanco es el uso de barbijos o el distanciamiento social.

6. Salud Pública y economía

No sólo se gestionó mal la pandemia en nuestros países, sino también la microeconomía y la macroeconomía. Bajo el pretexto que para responder al COVID vale todo, se tomaron decisiones, en algunos casos cuestionables, que golpearon con fuerza la situación económica nacional pero en particular el dinero de bolsillo y el acceso al trabajo de millones de personas.

Salvo los empleados y funcionarios públicos, el resto de la masa laboral fue decreciendo por la paralización de algunas actividades no esenciales. Era cerrar un restaurante o un salón de belleza o morir, y cualquiera que intentara un debate sobre cómo mitigar el impacto económico catastrófico en las familias, fue acusado de frívolo. Nunca en la historia contemporánea de la humanidad han quebrado y cerrado tantos comercios, pequeñas y medianas empresa, como tampoco se había visto esto números de despidos en las grandes empresas.